Hay un problema recurrente en buena parte de las propuestas del humor escénico cubano contemporáneo: la peripecia suele atropellar (o despreciar) a la caracterización; la “simpatía” del actor aniquila la del personaje.

No es el caso de La cita, el espectáculo que el Centro Promotor del Humor está presentando en el café teatro del centro cultural Bertolt Brecht (martes, miércoles y jueves, 7.00 p.m.).

Cada personaje está construido minuciosamente. Vestuario, maquillaje, tono y acento, expresión corporal, coreografía, textos… No se trata de buscar la risa con recursos fáciles, hay aquí una interesada investigación.

Por eso la obra opera en dos niveles: por un lado, el más “superficial”, el del chiste más evidente; por el otro, la reflexión decididamente intelectual, dirigida al espectador más enterado. Los dos niveles nunca entran en pugna; la obra nunca llega a ser vulgar o “picúa”.

Esa dualidad está planteada desde el título: La cita puede aludir al encuentro entre las dos protagonistas o al uso constante de referencias, que pueden llegar a ser muy cultas.

El espectro temático es amplio: actrices obsesionadas por la técnica, damas decimonónicas, una predicadora desequilibrada, personajes de una disparatada película (doblada por españoles), ¡Marilyn Monroe y Frida Khalo…!

Los personajes no siempre son cubanos, pero el texto generalmente tiende cuerdas a esta realidad: el escenario de estos encuentros es el celebérrimo Paseo del Prado.

Las protagonistas no decepcionan. Y no solo por la vis cómica, sino por la manera en que encauzan ese don: juego de equilibrio entre el caudal humorístico y las pautas de los roles. Andrea Doimeadiós y Venecia Feria demuestran que el humor teatral es algo muy serio, que tiene que involucrar todos los recursos expresivos y técnicos del arte de representar.

En familia

El texto es de una de las actrices: Andrea Doimeadiós, pero aquí y allá hay evidentísimas influencias del humor que ha hecho tan popular a su padre, el director del espectáculo, Osvaldo Doimeadiós.

La apuesta por la parodia, la transformación hilarante de los referentes, el vínculo sorpresivo entre elementos que poco tienen que ver, la reflexión ciertamente corrosiva (pero con las “contenciones” del buen gusto), la mirada al aquí y ahora… todo matizado por una evidente cultura, por el homenaje a lo mejor del arte universal.

Con el humor de Osvaldo Doimeadiós la gente llega hasta la carcajada… pero también se queda pensando, sonríe, se asombra ante las singulares asociaciones.

Y ese es el estilo del espectáculo: no se trata de una consecución de chistes, más o menos picantes, sino de un entramado bien pensado, en el que los cuadros se encadenan con fluidez y sentido dramático.

Cada cuadro es autónomo, pudiera ser representado independientemente; pero juntos otorgan a la puesta una sugerente variedad: desde el diálogo “filosófico”, pasando por los monólogos “de carácter”, hasta el sketch chispeante.

Quizás el punto más débil es el final, que con toda intención está planteado en un tono menor, sin tanto énfasis en la visualidad y la coreografía; en definitiva resta brillantez.

De todas formas, el público que llena la sala durante las funciones se divierte mucho… y esa diversión tiene sólidos basamentos. No es la actuación del simpático del grupo, no es el chiste del humorista de cabaré… Son dos actrices, un equipo técnico y artístico haciendo teatro. Ni más ni menos: auténtico teatro.



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Tomado del Periódico Trabajadores, Publicado el 14 de mayo de 2017